Un máster para entender el metro de Oporto

Bueno, quería que la siguiente entrada fuese sobre otro tema, pero después de dos semanas ha pasado… el viernes (sexta feira) fue el día en que me equivoqué de línea de metro por andar leyendo noticias (sobre másters, doctorados y cómo va el país en general) y por poco acabo en la playa en Matosinhos en lugar de en el taller en Leça do Balio… juro que sin querer.

El metro de Oporto tiene sus cositas que a los usuarios de metro de otras ciudades nos deja un poco locos, y a los que no se enfrentan mucho al transporte público… pues no me quiero ni imaginar.

Una cosa que mola es que no hay tornos de entrada, sino unos postes con validadoras de títulos por las que hay que pasar las tarjetas al entrar. Supongo que eso hace que sea un coladero para gente que no quiere pagar, pero por otra parte (además de fomentar la responsabilidad ciudadana y la confianza en las personas) es mucho más cómodo si llevas carritos, maletas o te desplazas con muletas o silla de ruedas. Es lo que tiene que sea una infraestructura relativamente nueva, que se ha hecho ya pensando en muchas cosas que antes no se contemplaban.

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(Entrada al andén del metro en la estación de Campanhâ)

En cualquier caso, si pasan los “picas”, revisores/vigilantes de seguridad que reconoceréis por el enorme “2045” que llevan en el pecho, y no llevas tu billete en orden, la multa puede ir de 185 a 350 euros. Y ojo, que no son los revisores españoles, además de que algunos tienen el físico y la actitud de agentes antidisturbios yo he visto en alguna parada que cerraban las salidas y controlaban persona a persona. Es más, me he cruzado con más revisores portuenses en 2 semanas que en 4 años y medio en Madrid.

Quitando algunas estaciones, principalmente del centro de Oporto, la red va en superficie (he leído que sólo 14 de las 70 estaciones son subterráneas), así que da bastante gusto viajar viendo por donde pasas. Esto es especialmente bonito cuando la línea amarilla, la D, que conecta Oporto con Vila Nova de Gaia, pasa por encima del Duero a través del puente de Don Luís I.

Los puntos de compra de billetes están en todas las paradas y cuentan con muchísima información: cómo ver qué billete comprar, las frecuencias de trenes, las zonas, el tema de las bicis… e incluso han pensado en la gente con daltonismo.

Más cosas que molan, el billete, una vez validado, tiene una duración que varía entre 1 hora y 3 horas y cuarto, dependiendo de las zonas que cubra. Esto quiere decir que puedes pillar el metro, ir a hacer un recado y volver y sólo habrás pagado 1 vez. Lo único a tener en cuenta es que entre la primera y la última validación no se exceda ese margen temporal. Por ejemplo, pongamos que el tiempo es 1 hora, puedes validar a la ida a las 14.00 y a la vuelta a las 14.59, y aunque el viaje dure media hora más dentro de tu zona, no pasa nada, porque validaste antes de que se agotase tu billete.

Esto me lleva a una de las dificultades que se encuentra el foráneo medio cuando se enfrenta por primera vez al metro de esta ciudad: las zonas no van por anillos como en Madrid, Barcelona o Berlín (por poner 3 ejemplos de los que sólo tengo experiencia en 2) sino que son como sectores, y se paga según los sectores que se cruza desde origen hasta destino. Lo confieso, no acabo de entender demasiado bien esto, pero por suerte en las máquinas de venta de billetes hay una lista de las estaciones para saber cuál es el que necesitas. Por ejemplo, yo vivo en la zona C1, y el taller está en la zona C5, para llegar, se atraviesa también la zona C2, así que mi billete es un z3 (lo sé, un lío, pero repito, en las máquinas está la lista para guiarse).

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(En todas las paradas os encontraréis paneles como este que explican, o lo intentan, en portugués e inglés cómo interpretar el sistema de zonas)

Los billetes se cargan en una tarjeta o “cartão” recargable de papel (que dura 1 año) o de plástico (que dura 5). Esta medida, que ahorra mucho desperdicio, queda un poco deslucida por el hecho de que la máquina te imprime un recibo de papel cada vez que compras un billete o bono. Siempre. La tarjeta que ofrecen las máquinas es la de papel, cuesta 60 céntimos y es personal, es decir, cada viajero tiene que llevar la suya (porque como os decía antes, no se gasta un billete nuevo hasta que expira el periodo de validez del anterior).

Hay que validar el billete siempre antes de viajar (como mucho con 10 minutos de antelación) y cada vez que cambiemos de vehículo/línea. Esto me plantea una duda, porque en las estaciones pequeñas las validadoras están en el mismo andén, pero en las grandes/subterráneas, está en la entrada (que yo sepa), y tener que andar subiendo y bajando no es lo más cómodo.

Si viajas poco, lo que te compensa es usar títulos ocasionales, ya sea sueltos o en bonos de 10 (que acabo de descubrir que te regalan 1 por cada 10 iguales que compres, por cierto). También hay las “assinaturas mensales”, que salen mucho más baratas si vas a viajar mucho a lo largo del mes, y de las que os hablaré otro día.

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(La azul es la andante de papel que dan las máquinas, 0.6 €, y la gris es la andante del bono mensual, de plástico, 6€)

Una de las cosas que más choca a alguien habituado a otros metros es que las líneas en Oporto siguen un esquema más o menos en cruz, con todas las líneas en longitudinal excepto la D, que sería transversal. Entre Campanha/Estádio do Dragão y Senhora da Hora, 5 líneas comparten recorrido y por lo tanto vías y andenes, y desde ahí 4 se van cada una a su destino.

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En todas las paradas intermedias, los trenes van pasando y si no te vas a salir de ese tramo, tienes opciones cada pocos minutos (en ocasiones incluso 1 o 2 minutos), pero si vas a ir más allá de Senhora da Hora, es importante que te subas al correcto. Y esa es la razón de que el otro día me equivocase de tren y acabase montándome en la lína azul (A) y no en la verde (C). Porque llegaban con 1 minuto de diferencia y me despisté, pero me despisté muchísimo, porque después de cada parada, por la megafonía de los vagones va indicando el destino… Vamos, que no tengo excusa. Me di cuenta cuando el tren se desvió tras Senhora da Hora, y llegamos a Vasco de Gama con tan mala suerte de que el tren en sentido contrario estaba saliendo, así que me tocó ir corriendo, literalmente, de vuelta hasta la parada anterior. Y todavía tuve suerte de que no hubiera picas en esa parada, porque justo acababa de meterme en una zona que no cubre mi assinatura. Y todo porque andan regalando másters por ahí. Afú.

(Para saber más y mejor sobre el Metro de Porto, pasaos por su página web, que está fantásticamente explicada y ahí viene todo lo que se pueda necesitar. He flipado que hasta tienen informes contables y otros documentos técnicos para descargar)

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El taller

Vamos al lío.

¿A qué vengo a Oporto con una beca Erasmus+?

Como sabéis (y si no os lo digo ahora) llevo unos años estudiando en la Escuela de Arte Francisco Alcántara de Madrid, primero un ciclo superior de Cerámica Artística y luego uno de Modelismo y Matricería Cerámica. Son enseñanzas regladas y como tales, tienen derecho a acceder a becas como las Erasmus+.

Hasta este año las convocatorias de mi escuela habían sido para ciclos medios, pero este curso se ofertaron plazas para ciclos superiores. En mi caso es una beca de prácticas laborales, es decir, voy a estar estas 9 semanas trabajando en un taller de cerámica a las afueras de Oporto. Lo estoy escribiendo y aún no me lo creo, ¿eh? Y eso que hoy fue mi segundo día. Jajajajaja.

Como me decidí en el último momento a echar la solicitud, no tuve tiempo de buscar por mi cuenta algún taller o escuela que fuera de mi interés y opté por solicitar un destino con el que mi centro ya había realizado convenios anteriormente. Para ser sincera, dudé en optar a la beca porque la cuantía es baja para costearte la vida en según qué países o ciudades, y el hecho de que Portugal no sea demasiado caro (o eso pensaba yo) influyó también en la decisión final.

Total, que eché los papeles para hacer mis prácticas en el Atelier Joaquim Pombal en Leça do Balio, un pueblo que pertenece a Matosinhos, pero al que se puede llegar en metro desde el centro de Oporto.

¿Y qué se hace en este taller?

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Pues, a juzgar por lo que nos contó ayer Joaquim, un poco de todo. Pero principalmente azulejos. Como veis en la foto, Joaquim hace murales de tipo tradicional, con el azul cobalto típico que habréis visto en estaciones de tren, iglesias y palacios a lo largo y ancho de Portugal. Pero ese tipo más artístico es sólo una parte de la producción azulejera, gran parte del trabajo del taller acaba en las preciosas fachadas azulejadas del centro histórico de Oporto y de otros puntos del país ¿Cómo se os queda el cuerpo?

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Si habéis estado en Oporto, os sonarán estos modelos de azulejos (en el improbable caso de que no hayáis estado, estaréis en algún momento y os sonarán).

La normativa portuguesa exige que los edificios históricos se restauren con fidelidad, esto quiere decir que las piezas que reponen las deterioradas o desaparecidas tienen que ser del mismo modelo, tamaño, color y técnica que las originales. Y claro, eso lleva un montón de trabajo aparejado. En algunos casos hay que hacer incluso moldes a partir de azulejos con relieve, porque ya no se siguen fabricando. Además, hay que conseguir los tonos exactos de color, por lo que se necesitan un montón de pruebas con esmaltes y pigmentos.

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Por supuesto, también hay obra nueva en la que los arquitectos, promotores o constructores quieren introducir azulejos, ya sean tradicionales o modernos, así que hay que experimentar con formas, acabados, esmaltes comerciales, fórmulas propias…

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Actualmente está con algunos encargos para obra nueva, así que estamos mi compañera de beca y yo muy ocupadas haciendo un muestrario con el formato de azulejo que quiere el cliente.

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Y eso es todo por el momento, pero no temáis, os seguiré dando la brasa, jajaja.

9 semanas

¡Que me voy a Oporto!

Pero no unos días como todo dios en este país los últimos años (en serio, ¿qué clase de publicidad subliminal ha habido ahí?), no, yo me voy a lo grande, dos meses, 63 días para ser exactos.

¿Y a cuento de qué me voy a la desembocadura del Duero? Pues que la Escuela de Arte Francisco Alcántara donde he estudiado estos últimos 4 años abrió una convocatoria Erasmus para hacer prácticas laborales y, en el último momento me lié la manta a la cabeza y, sin pensarlo mucho, eché la solicitud.

Seguí sin pensarlo mucho cuando conseguí la plaza y la (exigua) beca, cuando tuve que empezar el papeleo, tampoco lo pensé al principio del verano…

Y de repente ¡BAM! era finales de julio y corría el peligro de tener que dormir bajo un puente, así que empezó el agobio de buscar alojamiento en una ciudad ¡OH SORPRESA! en plena burbuja turística… Por si el hecho de irme sólo 2 meses, y no el mínimo de 6 que pide casi todo casero que se precie, era poca cosa.

Al final los astros se alinearon y, la primera semana de agosto, encontré un sitio aceptable que justo estaba disponible para el periodo que yo necesitaba (FUCK YEAH!), así que me pude ir de vacaciones y seguir no pensando en que me iba a Oporto a la vuelta.

Así que aquí estoy, terminando de escribir esto en la puerta de embarque.

Los próximos días os contaré dónde voy a estar trabajando estas 9 semanas y (espero) un montón de cosas más de mi vida allí, de la ciudad y esas cosas.

¡Nos vemos en Oporto! (Porque las probabilidades de que me encuentre con alguien conocido en esta ciudad sin querer son más altas que las de que os salga un número del uno al seis si tiráis un dado del parchís, ¡y lo sabéis!)

Inktober 2017

Pues otro octubre que termina y con él el reto del “inktober“.

He participado por tercer año consecutivo (¡bien por mí!), podéis ver qué hice el año pasado aquí y el anterior aquí. Este año conseguí pensar un tema antes de que llegase el día 1, pero cuando me puse a dibujar, me pareció horrible y que no iba a lograr divertirme con ello a lo largo de 31 días. Esto no es una cuestión baladí, hacer algo durante tantos días consecutivos se puede hacer muy cuesta arriba si no te diviertes en el proceso, y yo no quería que el inktober fuese una tortura. Así que pasé la página de esa idea descartada y me enfrenté a la hoja en blanco, ¿qué hacer?

Al final decidí dejar que el azar jugase su parte, cargué un pincel de agua con tinta china aguada, di unas salpicaduras a la página y las rematé con unos trazos de rotulador con punta de pincel. No sabía cómo quedarían 31 “ilustraciones” con esa “técnica”, qué acabaría saliendo cuando empezase a cogerle el truco (o no) o si evolucionaría hacia algo inesperado. Y esa incertidumbre me pareció divertida. Así nació, sin apenas pensarlo #ManchasYTrazos.

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(Podéis ver que la tapa del portátil acabó decorada sin pretenderlo con gotitas de tinta)

Seguí unos días con esos dos “ingredientes”, jugando con las gotas, las salpicaduras y trazos más o menos libres. Cuando me empecé a cansar del monocromo me compré una tinta de color con la que darle un poco de chispa, elegí un turquesa porque me parece que combina muy bien con las gamas de grises. Fue una gran idea, al poder jugar con dos tonos las posibilidades se ampliaron y se hizo mucho menos tedioso.

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Procuré hacer siempre las fotos nada más hacer cada “ilustración” porque las gotas de tinta negra absorbían parte de la tinta del rotulador, creando manchas más intensas que se iban diluyendo, y quería captar esos matices. Curiosamente la tinta azul rechaza la tinta negra de los rotuladores, así que se crean interacciones muy interesantes.

Con el paso de los días me di cuenta de que cada ilustración cambiaba muchísimo al secar, se perdían algunos matices y se ganaban otros. Y también que, al empezar a hacer más salpicaduras, el formato cuadrado de 11’5×11’5 cm, se quedaba pequeño y algunas gotas y pulverizados colonizaban la página contigua. Fue una suerte haber decidido que en cada hoja sólo iría una, a pesar de que en general la tinta no traspasa.

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Como siempre que se hacen cosas con el azar como instrumento, hay “parecidos razonables”, y muchos de mis contactos de FB han visto montones de espermatozoides a lo largo de este mes. Yo veo chispas en unos, flores en otros, explosiones, estrellas fugaces, sistemas planetarios… y sí, también algunos espermatozoides.

El único en el que rompí la regla de no pensar y dejar que saliese lo que tuviese que salir, fue el día 16 de octubre, en medio de las olas de incendios que asolaron Galicia, el norte de Portugal y Asturias.

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En el resto procuré no tener ideas preconcebidas, así que me gusta bastante el resultado final de casi todos los días. El del día 28, es mi favorito.

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(Sistema planetario 28-O)

Lo que más me gustó de este inktober fue liberar la mente durante un par de minutos y dejar que las primeras gotas o trazos me sugiriesen qué hacer a continuación. Os lo recomiendo como ejercicio. 😉

Una casa con jardín

El 21 de julio de 2015, estrenábamos casita en el jardín en Encarnación después de una delirante búsqueda de más de 10 días en los que caminamos mucho y vimos unos cuantos cuchitriles terroríficos con una gran necesidad de reformas.

En ese jardín vi mi primer colibrí, me entretuve observando a las tortugas de la casa, intenté hacerme amiga de un gato, salvé de la muerte a una pequeña plantita de menta, ayudé a Jorge a abrir un coco, nos tomamos algún descanso en las sillas de cable y, en una de las últimas tormentas, incluso bailamos bajo la lluvia torrencial.

De primeras dudé con lo de vivir en una casita en el jardín de otra casa, pero elegimos sabiamente. Sin ese jardín #LaVidaEnParaguay hubiera sido mucho más dura y mucho menos vida.

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Habemus casam. #LaVidaEnParaguay

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