Lo que mata es la humedad

Tras una semana aquí, apenas os he contado nada de Paraguay y en concreto de Encarnación, la ciudad donde voy a pasar los próximos meses. Esto en parte ha sido porque los primeros días la wifi del hotel iba de verdadera pena y sobrevivimos a la carestía de conexión gracias al resquicio de wifi abierto del hotel de al lado, en parte por una extenuante (y de momento infructuosa) búsqueda de un hogar, pero en especial porque hemos pillado un resfriado subtropical que a mí personalmente me ha quitado las ganas de acercarme a un ordenador.

Esto de resfriarse nada más llegar es particularmente humillante para mí que como gallega estoy acostumbrada a este tipo de inviernos húmedos e incluso más fríos que estos (porque no nos engañemos, aquí de día la temperatura está rondando unos más que razonables 17 ºC) y como madrileña residente he sobrevivido sin sobresaltos a un par de inviernos mucho más crudos. Pero claro, el problema es una temperatura agradable con una humedad puñetera que se te cala hasta los huesos y cuando te quieres dar cuenta, estás congelado. Es eso y no el frío lo que enferma.

Hablando con la gente de aquí, descubres que aunque siempre han tenido un clima húmedo, desde hace un par de años la cosa ha cambiado radicalmente coincidiendo con la subida de nivel del agua tras la construcción de la represa de Yacyretá. Por lo visto ha dejado de haber heladas en los meses de invierno, las tormentas se han vuelto mucho más virulentas e impredecibles y las lluvias más copiosas. Para que luego haya gente que cuestione el impacto que este tipo de infraestructuras tienen a todos los niveles.

De momento hemos vivido un par de tormentones del quince y hace varios días que no vemos el sol. Como además al ser invierno a las 5 de la tarde se hace de noche, esta ha sido una semana bastante gris.

Sobre nuestras aventuras y desventuras buscando piso os hablaré cuando ya tengamos resuelto el tema y nos lo podamos tomar con mucho más humor que ahora, porque la cosa es delirante.

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La Costanera y el río Paraná al otro lado del cristal y una llovizna persistente.

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